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[Reseña:] “Contra el islam”, de Laura Navarro

Encontré este libro por pura casualidad. No iba buscando nada en concreto, simplemente paseaba mis ojos por las estanterías de la librería, cuando vi ese título: “Contra el islam”. Lo cogí con una mezcla de curiosidad y lúdicas ganas de indignarme, pero en seguida el subtítulo aclaró toda ambigüedad: “La visión deformada del mundo árabe en Occidente”. Obviamente, esto llamó aún más mi atención, lo ojeé, lo compré y en tres días ya me lo había ventilado.

Desde que me empecé a implicar en el estudio del árabe no me ha dejado de sorprender la perdurabilidad de los estereotipos que rodean al islam y al mundo árabe: que si el radicalismo, que si el machismo, que si la intolerancia, que si la falta de higiene, que si son unos usureros, que si son unos traidores, que si el tradicionalismo, que si la incompatibilidad con Occidente… Una y otra vez, frente a las mismas personas, contra los mismos prejuicios, con datos en la mano… y nada, el perjuicio permanece firme, y lo más que consigo es atenuarlo un pelín.

En su libro, Laura Navarro analiza meticulosamente las representaciones del mundo árabe y musulmán en los medios de comunicación de masas (especialmente cine y televisión), desgrana estereotipos, ofrece un marco sociológico con el que comprender mejor las dinámicas de racismo y visión del Otro y explica el contexto histórico en que esas representaciones se fueron formando. Su lectura me dejó la satisfacción de comprender un fenómeno que me desconcertaba y la desazón de ser consciente de la magnitud de las fuerzas que apuntalan firmes esas visiones negativas.

Se divide en una presentación, cuatro capítulos y un epílogo. La presentación, además de servir de introducción a los estereotipos que arrastra la población árabo-musulmana, brinda un marco teórico desde el que analizar el fenómeno: ¿qué es, desde la sociología, una “cultura”, y cómo es una cultura para el discurso mediático? Para la autora, el discurso hegemónico tiene una visión de las culturas que se caracteriza por:

«1) la concepción de la cultura como entidad separada y estática, 2) la reducción de las “otras”culturas a lo floklórico o a la esfera de lo religioso, 3) la identificación rígida del individuo a su cultura de origen y la insistencia en la noción de cultura como las “raíces”, y 4) la supervivencia del paradigma evolucionista lineal (hacia la civilización occidental industrializada) y, por tanto, la supervivencia de la idea de jerarquía entre culturas “primitivas” y “civilizadas”, entre “arcaicas” y “modernas”» (p.35)

Esta visión de las culturas como entes monolíticos, naive pero muy extendida, y promocionada por los medios de comunicación de masas, es la que sirve de base la teoría del “choque de civilizaciones” del que se habla en el primer capítulo. Tras poner en sus contexto histórico los movimientos islamistas, analiza y critica las visiones culturalistas que analizan los conflictos entre “Oriente” y “Occidente” como una confrontación de dos visiones del mundo incompatibles; que no se paran a reflexionar sobre otras condiciones económicas, políticas o históricas y que se justifican desde el “exito” de las sociedades occidentales y los fracasos y falta de libertad de los países de mayoría musulmana. Estas interpretaciones no solo contribuyen a reforzar las divergencias que pretenden explicar, sino que suitilmente niegan a las sociedades árabes y musulmanas el acceso a la “modernidad”:

«Asimismo, explicar los fracasos de las sociedades musulmanas por la estructura dogmática de la religión y de su tradición conlleva dos cosas más: condena a dichas sociedades al fracaso eterno; y además niega la dinámica propia de la historia y su lógica universal. En definitiva, el determinismo, el fatalismo y la subjetividad que implican las teorías culturalistas, conduce a sustraer las políticas históricas (realizadas por ciertos poderes e intereses internos y externos) a todo examen crítico y legitimar un proceso de marginalización y exclusión de todos los países del sur» (p.66)

Además, en este capítulo estudia la formación en el imaginario colectivo de la figura del moro, y cómo en España ha servido a lo largo de la historia de utilísima cabeza de turco (nunca mejor dicho). Las representaciones de este personaje y sus características negativas (en la literatura, la prensa y la pintura, primero, y ahora principalmente en el cine y la televisión) han reforzado esta visión y nuevas represencaciones estereotípicas, en una especie de eco deformador de la realidad.

La representación del árabe es tema clave en los dos capítulos siguientes, que estudian la visión del orientalismo en el cine español y el cine de Hollywood, respectivamente. El capítulo en el que se habla del cine español es quizá el más flojo de la obra, no porque los análisis que en él se hacen no sean acertados, sino porque la influencia del cine español es muy limitada, y más aún la de los filmes que se recogen, cuyo éxito de público ha sido relativo. Sin embargo, es interesante en tanto representación del árabe y repetición de iconografías y estereotipos, y porque saca a la luz una tendencia muy curiosa: el «esfuerzo por ofrecer una imagen positiva de los árabes y musulmanes en general» y «la persistencia de los viejos estereotipos heredados del pasado».

Hollywood, sin embargo, sí tiene una gran fuerza de implantación de estereotipos, tanto porque controla la mayoría de canales de distribución como porque su visión hegemónica se reproduce en las manifestaciones culturales de todo el mundo. No me quiero detener mucho en este capítulo, que examina temas tan interesantes como la visión etnocentrista de la mayoría de películas ambientadas en un país árabe, la ignorancia sobre la realidad del islam, la inclusión del acento árabe en los doblajes españoles, la presentación del Otro bien como amenaza bien como diversión, el daño que hace Disney a nuestros niños, etc. (técnicas bastante más sutiles que las mostradas en este interesante y desagradable recopilatorio), pues prefiero extenderme un poco más en el siguiente capítulo, que es el que más me ha interesado y sorprendido: el que trata de la visión del mundo árabe en el discurso televisivo español.

 

Desinformación televisiva y refuerzo del estereotipo

Dado que los telediarios son el medio de información que usa gran parte de los españoles, es muy interesante analizar su visión del mundo árabe y musulmán, pues a buen seguro esta calará bien hondo en los televidentes. Valiéndose de la cobertura de tres hechos recientes de gran importancia mediática relacionados con el mundo árabe (la invasión de Iraq, las caricaturas de Mahoma y la inmigración marroquí), Laura Navarro detalla los mecanismos que por sistema se utilizan en los telenoticias para cargar de caos e irracionalidad el mundo árabe y musulmán.

Además de las técnicas de desinformación y la falta de rigor que caracterizan a los noticiarios televisivos (por ejemplo, dedicar más de la mitad del tiempo a deportes y banalidades —gente hablando del calor/frío/lluvia que hace, ancianos bañándose en San Sebastián en invierno, videos que lo petan en youtube, actuaciones policiales en EE.UU…—, insertar publicidad disfrazada de noticia, omitir información que podría dañar los intereses de algún socio mayoritario, etc.), que tanto me desesperan, el revelador análisis de la autora me ha descubierto sutiles estrategias discursivas aplicadas al mundo árabe de las que no era consciente pero que son desoladoras. Entre ellas:

  • Noticias sin un contexto. ¿Cuántas veces habremos oído noticias del tipo: «Atentado bomba en el barrio sunní de Bagdad, mueren 15 personas, de entre ellas 2 militares estadounidenses. Se cree que ha sido provocado por el grupo salafista [nombre mal pronunciado], relacionado con Al-Qaeda»? Y ahí te las apañes tú para entender algo. No se explica, siquiera por encima, el contexto político del país, las aspiraciones de tal grupo terrorista, por qué en ese barrio, por qué contra los sunníes, etc. Se limitan a una sucesión de «cifras y descripciones de imágenes y de hechos, sin detenerse en las causas de estos fenómenos ni en la identificación de sus responsables» (p.221).

De 24 minutos dedicados a hablar sobre el conflicto de Iraq durante el curso de una semana en los telediarios de TVE, las explicaciones contextualizadoras son mínimas. Dice la autora, tras reproducir una noticia extraída al azar: «nos encontramos ante una serie de hechos descritos (sin argumentos) y descontextualizados, que se hacen aún menos comprensibles para los espectadores que no conocen quiénes son Al-Sadr y las milicias del ejército de Al-Mahdi, ni conceptos como chiítas y sunnitas. El periodista ha tenido más de dos minutos para informar sobre los combates de Najaf y la Conferencia Nacional Iraquí, pero a partir de las informaciones que da, el espectador acaba ignorando muchos datos importantes como: la fecha del comienzo de esta revuelta, las razones que impulsan a los milicianos a levantarse contra las tropas estadounidenses, así como las características del gobierno interino iraquí y de la Conferencia nacional encargada de supervisar la gestión de dicho gobierno hasta las próximas elecciones» (p.243).

El espectador ve esto y no entiende nada. La imagen que se transmite (y se refuerza) es clara: irracionalidad, violencia y caos, que se relacionan inconscientemente con el mundo árabe. Como nunca queda claro qué está pasando, ni muchas veces dónde, ni cuándo empiezan y acaban los problemas, esta imagen de caos y violencia se perpetúa en el subconsciente del espectador lego. Así, no deberíamos sorprendernos las reacciones de la gente cuando les decimos que vamos a visitar un país árabe. Ciertos nombres (como “Beirut” y “Líbano”) van a estar siempre ligados a la guerra y la inseguridad.

  • Afectados sin voz. De la misma manera que solo se dan datos y se describen imágenes, en las noticias los verdaderos afectados de los conflictos (y esto es común a todo tipo de información, a la gente de la calle solo se le da voz cuando sus comentarios serán inofensivos, como cuando les preguntan sobre el tiempo o cuestiones sentimentales varias) no pueden compartir su experiencia. La gente que habla en las noticias son en su gran mayoría políticos y portavoces, y prácticamente todos pro-estadounidenses. Las representaciones del pueblo de nuevo refuerzan esa idea de irracionalidad, violencia y caos: gente corriendo, chillando o llorando a causa de un atentado, milicianos, gritos incomprensibles…

Lo mismo ocurre con la cobertura de otro tipo de noticias, como los debates creados en torno al hiyab o las caricaturas de Mahoma: se le da más voz a los adalides de la libertad de expresión o los derechos de la mujer que a las propias mujeres que usan velo o los ofendidos por las caricaturas (ofendidos, por cierto, más por su islamofobia que por el hecho de que representaran al profeta). En su lugar se prefieren, en un caso, las imágenes tomadas furtivamente de mujeres con hiyab por la calle y, en el otro, las imágenes de manifestaciones.

  • Imágenes amenazantes. Las imágenes, como ya se ha señalado brevemente, reproducen por lo general (y sobre todo cuando se trata de conflictos armados) «imágenes de personas reagrupadas, sin ninguna individualidad. Salvo cuando se trata de individualidades espectaculares, como la imagen de un niño con un lanzagranadas o la de una mujer cubierta por un gran burqa negro. Se observan también imágenes que representan la miseria de las masas o sus gestos irracionales de dolor, de tristeza y/o de cólera. Y, por supuesto, imágenes de gente rezando y gritando versos del Corán o frases raramente traducidas, entre las que sobresale casi constantemente “Allah akbar”. Las referencias al islam en estas imágenes, a menudo violentas, en el fondo, inciden en esa idaa de irracionalidad ya citada, así como en la sensación de amenaza de la yihad» (p.234)

Grupo, caos, violencia… Se refuerzan los estereotipos anteriores y se añade la sensación de amenaza, de grupos numerosos, armados e irracionales con una “cultura” contrapuesta a la nuestra. Además, ese grupo se homogeneiza, la diversidad se niega, no existe una pluralidad de actores, sino una masa homogénea de individuos «que acaban siendo definidos no por su clase social, ni por su ideología política —ni siquiera por su nacionalidad—, sino básicamente por su condición de creyente (cuando no directamente por su condición de “diferente a nosotros”)» (p.275).

En el caso del “problema” de la inmigración esa idea de amenaza se refuerza con la reproducción de imágenes de “oleadas” de inmigrantes saltando la frontera que separa Melilla de Marruecos, o la “invasión” de pateras en “nuestras costas”

  • Interpretaciones culturalistas. En el análisis de los conflictos del llamado “choque de civilizaciones”, las explicaciones rara vez son socioeconómicas o políticas (pocas veces se contextualizan los conflictos, como ya hemos visto), y los hechos se intentan explicar desde una perspectiva étnico-religiosa: «el discurso mediático dominante sobre los movimientos islamistas tiende a reducir sus causas a la “naturaleza” del islam, en lugar de reflejar —como demuestran los análisis sociológicos— que dichos movimientos son el resultado de una compleja serie de factores sociológicos, políticos, económicos y culturales» (p.227).

Esto es así no solo con el terrorismo islámico. Con otros fenómenos mediáticos como el hiyab, el burqa, las caricaturas de Mahoma, etc. se tiende a explicar el “conflicto” desde una perspectiva de confrontación: los valores islámicos frente a los valores occidentales. Recurriendo al Corán (o, peor aún, a “lo que dice el islam”) para intentar dar una explicación a estos conflictos se refuerza la idea de incompatibilidad de valores, la percepción del choque entre culturas y la creencia en el inmovilismo del Otro.

 

Estos mecanismos, que dan para hablar largo rato y que Laura Navarro saca a la luz tan acertadamente, se utilizan de manera constante. La conciencia crítica del espectador no se promueve, más bien al contrario, se incita la propensión del individuo a encajonar. Con este panorama, ante estos medios de comunicación tan poderosos y omnipresentes bombardeando sin parar la mente del espectador, moldeando el marco desde el que ve el mundo, no debería sorprendernos la cantidad de prejuicios que arrastra el islam, los musulmanes y los árabes (que, aunque todos bien sabemos son realidades diferentes, se meten en el mismo saco).

¿Qué podemos hacer nosotros ante esta maquinaria? Podemos seguir esgrimiendo argumentos, datos, realidades no mostradas y experiencias, pero hay que ser consciente que usando la razón es muy difícil eliminar unas concepciones imbuidas bien hondo en el subconsciente, donde el factor sentimental desempeña el papel principal. ¿Qué podemos hacer nosotros, meros individuos sin acceso a los medios? No lo sé. Tras la lectura de este libro tengo mucho más clara la naturaleza y origen de los prejuicios con los que me choco casi a diario, pero dada la magnitud e insistencia de las fuerzas que los rubustecen solo puedo preguntarme: ¿qué podemos hacer siquiera para atenuarlos?

 

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