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Interpretando la diglosia árabe

¡Hola a todos!

Despedimos el año (y volvemos a la carga tras una laaaaaaaaaaaaaaarga temporada de inactividad) con una reflexión personal. El tema no es nuevo, ni siquiera para éste blog. Ya en agosto de 2012 hablamos de diglosia. También en octubre de 2014. Personalmente, podría decirse que estoy hasta un poco cansada de la ubicua discusión que plantea la naturaleza diglósica de la lengua árabe. Sin embargo, la realidad es que un buen arabista suele (y debe) cuestionarse las implicaciones de este fenómeno lingüístico inherente a la lengua árabe.

El primero que habló de diglosia fue Ferguson (1959). En su famoso artículo, acuñó el término ‘diglosia’ para referirse a la situación de convivencia de dos variedades lingüísticas dentro de una misma población o territorio. Las lenguas diglósicas se caracterizan por la coexistencia de dos variedades, una alta (A), a la que él llama H [high], y una baja (B), a la que él llama L [low]. Mientras la variedad alta (A) se considera lengua de cultura y como tal, goza de cierto prestigio social, la variedad baja (B) está generalmente relegada a la oralidad y a la vida familiar. Dada la existencia de un corpus literario escrito en A, la variedad alta ha sido estandarizada y goza por tanto de un léxico técnico y especializado del que B carece. No obstante, B recoge léxico y expresiones fraseológicas del ámbito familiar que no siempre están presentes en A. Por consiguiente, A se utiliza en contextos oficiales y formales mientras el uso de B predomina en situaciones informales. Por último, pero no menos importante, B se adquiere como lengua materna y A solo se aprende en contextos académicos.

Esta definición clásica de diglosia no está exenta de críticas. Centrémonos en el caso de la lengua árabe. Según Ferguson, el árabe clásico representa la variedad alta y las variedades coloquiales (o dialectos) la variedad baja. Numerosos académicos como Ibrahim (1986) han señalado que en el caso del árabe la estricta dicotomía que Ferguson establece entre A y B es, cuanto menos, simplista e inadecuada. ¿Por qué? Pues fundamentalmente porque en árabe, la variedad estándar no tiene por qué corresponderse con la variedad de prestigio. Sí, el árabe clásico puede resultar más que apropiado en situaciones formales, pero no os quiero ni contar las risas que se puede echar a vuestra costa cualquier nativo de B si vais a pedir el pan en árabe clásico. Además, no debemos olvidar que B no es aún una variedad unificada y bien definida.

En Líbano, por ejemplo, los hablantes provenientes de zonas rurales suelen adaptar su dialecto a la variedad coloquial estándar que se habla en Beirut. Sin embargo, esta variedad no tiene mucho que ver con la variedad que se hablaba (y en ciertos contextos y zonas aún se habla) en la capital antes de que se convirtiera en el centro comercial y cultural del país. Más bien, se trata de una nueva variedad coloquial, una koiné que surge de la interacción entre hablantes con orígenes lingüísticos diferentes, y cuya evolución parece estar liderada por hablantes cultos (que han tenido acceso al aprendizaje de A). Curiosamente, la variedad coloquial estándar de Beirut parece tener más en común con otras variedades koineizadas de otros centros urbanos del mundo árabe que con el árabe clásico, lo que podría indicar una evolución paralela de éstas variedades que se mantendría, no obstante, independiente de la influencia de la variedad de prestigio.

¿Y por qué os cuento yo todo esto?

Este verano, tuve la suerte de trabajar como interprete simultánea en tres misiones de una semana cada una en Ciudad de México, Bogotá y Madrid. Aunque le especifiqué a mis clientes que solo realizaba interpretaciones hacia español o el inglés, y en ningún caso hacia el árabe, la escasa organización (o quizás el poco conocimiento real por parte de mis clientes sobre la dificultad que entraña la tarea de un intérprete) me forzó a interpretar, también, al árabe.

En México éramos dos intérpretes (una de origen libanés y yo, de origen español) trabajando 8 horas al día con un descanso de una hora y media. Las lenguas de trabajo eran el árabe, el español y el inglés, en todas las direcciones que os podáis imaginar. Pronto nos dimos cuenta que lo que más abundaba eran los discursos en español, dirigidos a participantes de origen egipcio que solo hablaban árabe. Cada presentación concluía con una ronda de preguntas y un debate en el que los participantes intervenían en dialecto egipcio.

La primera noche, organizadores, participantes e intérpretes cenamos juntos. Durante la cena charlamos en árabe dialectal (cada una en su variedad) sin ningún problema y hasta las participantes egipcias nos regalaron a mi compañera y a mí un par de piropos por “lo bonito que sonaba nuestro acento libanés”.

El primer día de trabajo, mi instinto, y el de mi compañera, fue interpretar al árabe clásico, o mejor dicho, al árabe estándar moderno, al tratarse de un contexto formal. Así lo hizo mi colega en la primera presentación, que explicaba el funcionamiento del sistema electoral mexicano. Independientemente de la variedad en la que se interpretara, las participantes siempre utilizaron el dialecto egipcio en sus intervenciones.

El resto de presentaciones tuvieron un tono bastante más distendido. Los conferenciantes hicieron un esfuerzo por mostrarse cercanos y accesibles. En concreto, la segunda presentación vino de la mano de una mujer, que ya retirada de la política, deseaba compartir con las participantes las dificultades que había tenido que afrontar desde el momento en el que decidió dedicarse a la política. La conferenciante era, además de una magnifica oradora, una mujer tremendamente humana y sensible. Desde las primeras frases, se podía sentir el tono personal, directo y conmovedor de su discurso. Me tocó a mí interpretar. No recuerdo en qué momento cambié al dialecto, lo que sí se es que me pareció la opción más lógica y, si me apuras, hasta la más justa. Y no es solo porque yo, personalmente, en cualquier contexto oral me encuentre más cómoda en libanés que en árabe moderno estándar (a decir verdad me considero incluso más elocuente y capaz de transmitir fielmente lo que se produce en la lengua origen), principalmente fue porque, con mis capacidades, me parecía imposible hacerle justicia al discurso de esa mujer en cualquier otra variedad.

Cuando el discurso terminó, un miedo terrible me sobrevino. ¿Habrán entendido bien todo lo que ha querido decir? ¿Les habrá parecido inadecuado que haya interpretado el discurso en la variedad coloquial? ¿Me mandarán mis jefes de vuelta a Beirut en el primer avión que salga? Todas las preguntas desaparecieron cuando percibí desde lejos las lágrimas en los ojos de una de las participantes y las caras de emoción de las otras siete. La otra prueba de fuego fue la ronda de preguntas. Todas las intervenciones fueron pertinentes, acertadas e incluso esperadas por la conferenciante.

Vale, sí, suena todo un poco dramático pero dejadme que os explique.

Con esta historia, no pretendo convencer a nadie de que el dialecto es mejor que el árabe moderno estándar. Ni pretendo justificar mi decisión de cambiar al libanés (me consta que muchos profesionales de la interpretación considerarán lo que hice algo terrible e inadecuado). Lo que intento decir es que la elección de una variedad siempre dependerá de quién te escucha, de quién habla, y del contexto en el que todo eso sucede. De todas formas, seguro que esto ya lo sabíais, ¿verdad?, sobre todo si habéis estudiado traducción.

La verdad es que a mí esto también me sonaba. Lo que siempre había subestimado (menuda paradoja) es el poder de decisión del intérprete y del traductor. ¿Y por qué yo, traductora e intérprete, nunca me había parado a pensar en mi libertad a la hora de decidir? Pues simplemente porque nunca nadie me dio a entender que tuviera una opción. Más bien, lo que me harté de escuchar durante la carrera fueron frases del tipo:

  • «El árabe moderno estándar es el que se habla en todo el mundo árabe. Los árabes de diferentes países se comunican en fusha»
  • «Hay muchos dialectos pero si hablas fusha, vayas donde vayas todo el mundo te va a entender»
  • «El árabe clásico es la lengua de la cultura»

Y yo me pregunto:

Entonces, ¿cómo puede ser que todos los libaneses a los que conocí durante mi primer año en Beirut se cuestionaran mis capacidades comunicativas cada vez que intentaba hablarles en clásico?

¿De qué me sirvió que los marroquíes que conocí en Tánger me entendieran al preguntarles si no podía entender ni un 20% de lo que me contestaban?

Y las canciones de Feiruz y todas las obras de teatro que he visto en Beirut, ¿eso no es cultura?

 

Por desgracia, afirmaciones como estas han llegado (y llegan) a los oídos de más de un estudiante de árabe en España (y en el mundo). Estamos acostumbrados a escuchar que las variedades coloquiales son desviaciones del árabe clásico, variedades regionales sin lógica ni gramática. La mera denominación de «dialecto» (que incluso nosotros usamos en este post) nos deja muy claro quién va primero en esta jerarquía.

Todas esas voces han resonado en mi cabeza durante los 10 años que llevo estudiando árabe. Esas fueron las voces que me hicieron sentir pavor nada más terminar la interpretación. Sinceramente, creo que fueron también esas falsas voces las que, acompañadas de pobres métodos de enseñanza, abocaron a muchos de mis compañeros de universidad a la frustración y a la desmotivación más absoluta. Y, ojo, no es fácil acallarlas, porque están presentes hasta en la mente de los hablantes nativos.

Cuando hablábamos de la definición de diglosia de Ferguson mencionábamos que B se adquiere como lengua materna,  mientras A se aprende en contextos académicos.

Desde su origen, el árabe clásico ha estado reservado a unos pocos, en concreto, a aquellos que podían permitirse una educación. La situación no ha cambiado demasiado. A se sigue aprendiendo en las escuelas y en las universidades, pero no existen hablantes nativos de A. Esto hace que practicar esta variedad sea tremendamente difícil tanto para nativos como para estudiantes de árabe. Como consecuencia, solo unos pocos se sienten capaces de expresarse con fluidez en esta variedad (y los que intentan hacerlo, sin éxito, muchas veces son objeto de duras críticas). Y lo que es más preocupante, una parte considerable de estos hablantes ni siquiera se sienten representados por esta variedad.

En los cinco años que llevo en Beirut, he conocido a mucha gente, de todo el mundo, que ha criticado en algún momento a los libaneses que no dominan el árabe clásico. ¿Pero cómo puede ser posible? ¡Si es su lengua! ¡La han aprendido desde pequeños! ¿Es que no se sienten árabes? ¿Hablan francés e inglés mejor que árabe? ¡Qué vergüenza!

Yo misma así lo pensaba.

Si os soy sincera, cada vez me dan más rabia las críticas destructivas. Prefiero plantearme preguntas como: ¿quiénes son los verdaderos responsables de que esto pase? ¿Cómo podría solucionarse este problema? Y sobre todo, ¿cuál es, o puede ser, mi papel como arabista/traductor/intérprete?

Con estas preguntas os dejamos.

¡Esperamos leer pronto vuestros comentarios!

 

 

 

 

 

 

 

 

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