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Neologismos y pureza del lenguaje

No hay ocasión más elocuente para demostrar el estado de salud de una lengua que enfrentarla al reto de adaptarse a los cambios culturales, sociales y tecnológicos que los “nuevos tiempos” traen constantemente. Las lenguas, como organismos vivos que son, han de saber nombrar nuevos conceptos y acomodar nuevos modos de expresión usando en los posible mecanismos que no atenten contra la “esencia” del idioma.

Por regla general, los hablantes son capaces por sí mismos y de manera orgánica y natural de incorporar las novedades a su lengua, sin necesidad de justificaciones filológicas ni contorsiones morfológicas. Por ejemplo, dada popularidad de la aplicación de mensajería instantánea Whatsapp, se hizo necesario crear un término más económico que “enviarse mensajes por Whatsapp”, así que los hablantes de español (al menos en España) cogimos el nombre de la aplicación, le dimos una pronunciación propia y le añadimos un sufijo para convertirla en verbo. Voilà! Así se creó guasapear, un término que se entiende perfectamente y que se incorpora sin problemas a nuestra pronunciación y reglas gramaticales: Estuve guasapeando con él toda la tarde.

El problema de esto es que debido a la exposición constante a otro idioma a los hablantes se nos puede ir de madre y acabar incorporando a nuestra lengua innovaciones propias de otras lenguas que minen la homogeneidad del sistema. Por ejemplo, términos como puenting, footing balconing son creaciones propias a partir de un sufijo foráneo (el inglés -ing) que atenta contra las reglas gráficas establecidas de nuestro idioma. Ahí es donde entran los organismos normativos (la RAE y la Fundeu para el español), que intentan enderezar estas derivas y “barrer para casa” adaptando esas novedades de acuerdo a los usos tradicionales. Por regla general, estas dos visiones chocan y una de ellas acaba por prevalecer. Si gana el uso (como ha sido el caso con -ing) la norma se ve obligada a darse un poco de sí para dar cabida a los nuevos fenómenos, pues las lenguas son como se usan, no como se dice que tienen que ser. Esta es una de las muchas maneras en las que evoluciona una lengua.

La adaptación de neologismos a la lengua árabe

El árabe, desde luego no es ajeno a esta problemática. Es más, sus sistemas lingüístico y gráfico son tan diferentes a las lenguas culturalmente dominantes hoy (principalmente el inglés) que hacen que la adaptación de nuevos términos pueda parecer incluso más enrevesada. Sin embargo, como lengua viva que es tiene plena capacidad de adaptarse a los nuevos usos y avances sin menoscabo de su “esencia”.

De hecho, la lengua árabe ya ha pasado por dos periodos históricos de gran efervescencia cultural de los que ha salido indemne y con un repertorio léxico mucho más amplio, como analiza con detalle Mohammed Sawaie (محمد سواعي) en أزمة المصطلح العربي في القرن التاسع عشر (La crisis terminológica árabe en el siglo XIX). El primero de ellos fue durante la época abasí, con el florecer de las ciencias que ocurrió en gran parte gracias a la labor de traductores que supieron trasladar del griego y el hindi (a través del siriaco y el persa) los conocimientos científicos de aquellas culturas. El segundo fue durante el siglo XIX, en una época que se conoce como la Nahda (النهضة) o renacimiento cultural, en el que tras siglos de letargo y aislamiento el mundo árabe se subió al carro de la modernidad y se abrió a Europa para incorporar sus avances científicos y sociales.

En ambas ocasiones hubo adaptaciones muy orgánicas y otras más crudas, y debates sobre si sería preferible tal o cual manera de decir las cosas. Al final, por crítica que parezca la situación, la lengua acaba tirando para delante y demostrando su vitalidad y carácter, para bien o para mal.

Propuestas y resistencias

Jaroslav Stetkevych menciona un caso curioso en The Modern Arabic Literary Language (La lengua árabe literaria moderna, una obra imprescindible para conocer los procesos de creación de neologísmos en árabe), cuando la Academia de El Cairo intentó proponer una alternativa más concisa al calco de “motor de combustión interna” (آلة الاحتراق الداخلي). Su propuesta fue مِحدمة o مِحدام, a partir de la raíz حدم (arder, quemarse) y de unos esquemas (مِفعلة، مِفعال) existentes en árabe y muy profusamente utilizados para designar instrumentos. Su propuesta, pese a ser razonable, económica, inmediatamente comprensible y propiamente árabe, fracasó.

Esto me recordó a mi etapa como traductor en Renfe, cuando hubo que adaptar los contenidos de formación ferroviaria al árabe para los aspirantes a maquinistas saudíes de la línea de alta velocidad entre Meca y Medina. Mi compañero encargado de la traducción de los manuales al árabe se enfrentaba a una ciclópea tarea sin apenas precedentes (hasta entonces no existía la alta velocidad en el mundo árabe, y la red ferroviaria árabe es relativamente escasa, por lo que el acceso a documentación ferroviaria árabe anterior para buscar terminología era una labor casi imposible).

Mi compañero, consciente de su enorme responsabilidad (esos manuales serían la base de toda formación ferroviaria futura en Arabia Saudí) y con fe plena en la capacidad del árabe para expresar conocimientos técnicos, se rompió la cabeza rastreando terminología técnica árabe y adaptando los neologismos a unos modelos propios de la lengua. Todos quedamos muy satisfechos con el resultado, pero cuando comenzó el curso y se empezó a enseñar a los alumnos, surgieron resistencias a algunos de los términos propuestos.

Los alumnos, saudíes jóvenes acostumbrados al contacto con la cultura norteamericana, solían preferir usar el préstamo crudo a aprender un término nuevo en su lengua. Así, por ejemplo, para el pantógrafo (el dispositivo plegable situado en el techo del tren que sirve para captar la corriente eléctrica de la catenaria), usaban sistemáticamente بانتوغراف en lugar del término árabe المأخذ المنزلق. Otro término polémico fue bogie (término inglés que en español pronunciamos como se escribe, que designa a la estructura que sujeta las ruedas y en las que se apoya el tren), para el que se había encontrado el término مجمّع العجلات, que los alumnos rechazaron para usar el término inglés (بوجي).

En este caso venció el uso (los alumnos) a la normatividad (nosotros), lo cual encierra dos problemas potenciales. El primero es la profusión de términos para un mismo concepto, que va en contra de la homogeneidad terminológica deseable en un campo de especialidad científica (Stetkevych menciona que la falta de coordinación en la adaptación del término “freno” al árabe produjo 11 neologismos para designar ese aparato). El segundo es que la introducción de voces extrañas acabe minando los cimientos de la lengua.

Esta última preocupación es un poco exagerada, pues aunque esos términos son foráneos se acaban adaptando de manera muy orgánica. No hay más que ver cómo se forman sus plurales (بانتوغرافات, y no بانتوغرافس, como sí sería preocupante). Esto es más evidente aún con otros términos cogidos tal cual pero que han encontrado plurales fractos de lo más adecuado. Mencionaré el conocido ejemplo de فيلم plural أفلام (tomado del inglés film) y uno muy curioso que observé entre estos mismos alumnos, muy dados a acudir al médico para conseguir justificantes para pedirse un par de días de baja por enfermedad: سيكليف plural سكاليف (del inglés sick leave).

En definitiva, aunque sería deseable que la adaptación de nuevos términos se hiciera de manera cuidadosa y razonada, no debemos ser alarmistas y temer la destrucción del idioma. Más bien al contrario, los ejemplos anteriores demuestran la fuerza y vitalidad de una lengua que a medida que amplia su nómina de vocabulario no para de fortalecer su músculo renovador.

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